martes, 31 de agosto de 2010

La ceguera nuestra de cada día parte 1. O por qué la realidad no es como nuestra conciencia nos la pinta.

Generalmente uno piensa que siempre está en control de la realidad. Por ejemplo, cuando estamos manejando un automóvil, se supone que estamos super atentos al camino y todo lo que pasa en él para no tener accidentes. Sin embargo nunca falta el “!y de dónde demonios salió ese tipo!” cuando un condenado bicicletero, o incluso alguien en una moto nos sorprende de repente apareciendo de la nada. Bueno, pues hace algunos años comenzaron a aparecer evidencias experimentales dirigidas a explorar lo que ahora se conoce como “inattentional blindness”, algo así como la ceguera inatencional. El ejemplo más popular de ese fenómeno es el del gorila, publicado en Perception, en 1999 por Daniel J Simons y Christopher F Chabris de la Universidad de Harvard. En un video que ahora se convertido en un video viral (no porque tenga virus, sino porque mucha gente lo manda por email) se ve a dos equipos de básquet, uno con uniforme blanco y el otro con uniforme negro, que comienzan a lanzarse pases, cada uno con su pelota propia. Al espectador se le pide que cuente el número de pases que da el equipo blanco. Entonces la acción comienza y ambos equipos comienzan a lanzarse pases. Esto podría parecer fácil, claro aunque hay que tomar en cuenta que el equipo del uniforme negro también esta pasándose la pelota mientras se mezclan entre el equipo blanco. Para no arruinarte el fenómeno te pongo aquí un link para que veas de qué estamos hablando. Termina de ver el video y seguimos abajo con la discusión

video

Sorprendente, ¿no?, honestamente la primera vez que vi este video quede muy satisfecho de haber logrado contar correctamente el número de pases, pero cuando se me preguntó si había visto el “fenómeno”, me quedé boquiabierto. La versión que te puse es para demostrar que incluso gente que ya había visto el video original, podía volver a experimentar la ceguera inatencional con otro set de estímulos. Simons y Chabris nos hacen notar en su artículo original que esté fenómeno ha sido conocido desde tiempo atrás. Ellos abren la introducción de su artículo con palabras de Rezsö Bálint (si, el mismo que describió el ahora conocido como “Sindrome de Bálint”) que dicen “Es un fenómeno bien conocido que nosotros no notamos nada de lo que pasa en nuestro entorno cuando estamos absorbidos en la inspección de algo; el enfocar nuestra atención en algún objeto puede abstraernos tanto que no podemos percibir otros objetos puestos en las partes periféricas de nuestro sistema visual, aunque los rayos de luz que emitan arriben completamente a la esfera visual de nuestra corteza cerebral”.

Bueno, pues el experimento de Simons y Chabris de perfectamente en el clavo, ya que demuestran que esta ceguera inatencional no es únicamente para estímulos estáticos, sino que también aplica para estímulos dinámicos. Sus resultados sugieren que la probabilidad de notar un objeto inesperado depende en la similitud de ese objeto con los demás objetos a la vista, y en que tan difícil sea la tarea de monitoreo. Ellos también sugieren que no importa que el estímulo inesperado este en proximidad espacial del estímulo atendido, por lo que sugieren que lo que se atiende son los objetos y los eventos, no las posiciones espaciales. Es por esto que te piden que cuentes los pases del equipo blanco, para maximizar la atención a esa categoría de estímulos, mientras tratas de suprimir los pases del equipo negro, que comparten las características visuales con el “fenómeno”.

¿Y que tienen que ver las bicicletas?

Esto podría explicar en parte porque cuando vamos manejando a veces “nos brinca” en nuestra escena visual un objeto diferente. Si vamos manejando por una avenida en la que nos tenemos que estar cuidando de los otros carros, pues entonces nuestra atención está dirigida mayormente a supervisar el estado de esos carros. Tenemos que atender la velocidad del flujo del tránsito, quién rebasa a quién, por dónde pueden y no pueden pasar, hacia donde nos tenemos que dirigir nosotros, etc…, Entonces “de repente” sale un estímulo al cual no está dirigida nuestra atención, y nuestro sentir es que salió de la nada, pero en realidad, ese estímulo que bien podría ser un ciclista o un peatón que ya llevaba media cuadra andada y nomas no lo habíamos percibido.

Es mejor diversificar

Entonces, ya ves que aunque pensemos que cuando manejamos estamos super atentos, pues en realidad podría ser que estamos taaaan atentos a los otros carros, que perdemos de vista otros aspectos. ¿Será posible que esto nos suceda en otras instancias?. Ya lo creo, nomas que voy a esperar hasta el blog de la semana que entra para seguir en el tema….. ni hablar!.

lunes, 23 de agosto de 2010

Échame una mano. O como hacerle para que una mano de mentiras sienta lo que veo.

Como algunos sabrán, soy un fan de las ilusiones ópticas. Bueno pues esta ocasión voy a escribir sobre una ilusión en la que las sensaciones táctiles son referidas a una mano prestada. En 1998 Matthew Botvinick y Jonathan Cohen de las Universidades de Pittsburgh y Carnegie Mellon respectivamente, publicaron un artículo en Nature titulado “Rubber hands “feel” touch that eyes see. En su investigación los autores le pedían a los sujetos voluntarios que se sentaran en una silla y posteriormente extendieran su brazo izquierdo sobre una mesa enfrente de ellos. Posteriormente los autores colocaban una tabla paralela al brazo, la cual le obstruía la visión de su brazo al sujeto, y finalmente colocaban un brazo artificial (que incluía la mano) del lado de la tabla que si podía ver el sujeto. El brazo natural y el artificial quedaban dispuestos de forma paralela, solamente separados por la tabla, de tal manera que el sujeto solamente veía el brazo artificial.



Durante la tarea los investigadores le pedían al sujeto que se sentara con la mirada fija en la mano artificial mientras usaban dos pequeñas brochas que pasaban simultáneamente una sobre el brazo artificial y la otra sobre el brazo natural de forma sincronizada. Después de 10 minutos se les pedía que llenaran un cuestionario en el que tenían que evaluar que tanto estaban de acuerdo con frases como: “la mano artificial se comenzó a parecer físicamente a mi mano en términos de forma, color de piel, etc”, “mi mano verdadera se comenzó a sentir como de plástico”, o bien “sentí como que la mano artificial era mi mano”, o “parecía como si estuviera sintiendo que la brocha me tocaba en el lugar donde veía que la brocha tocaba a la mano artificial”. Los resultados del cuestionario sugirieron que los sujetos no es que pensaran que su mano se hacia plasticosa, o que cambiara de color de piel, sino que los sujetos parecían sentir la brocha que estaban viendo –y no la brocha que realmente los tocaba en su brazo- como si lo que sentían provenía de la mano artificial, y no de su mano natural.

Pero, ¿será cierto?

Para confirmar este hallazgo, los autores les pidieron a los voluntarios que cerraran los ojos y por debajo de la mesa señalaran con el dedo índice de la mano derecha la posición del dedo índice de la mano izquierda. Los resultados mostraron que los sujetos tendían a indicar la posición de la mano artificial más que de la mano natural.


 
¿Para que sirve esto?

Uno de los aspectos más sorprendentes de este estudio es que la mayoría de los voluntarios terminaron reportando una sensación de pertenencia de la mano artificial, diciendo frases como “I found myself looking at the dummy hand thinking it was actually my own” (algo así como: “me encontré a mi mismo mirando a la mano artificial pensando que era realmente la mia”). En mi opinión este descubrimiento tiene implicaciones bien interesantes. Desde el corrupto que pudiera decir que la mano que agarro los fajos de billetes no era la suya, hasta cuestiones más serías, como la implementación de miembros artificiales a pacientes que hayan sufrido de alguna amputación. Claro, también podemos practicar esta ilusión en algún reventón para impresionar a nuestros cuates, y en vez de poner un brazo artificial, podemos poner el brazo de otro cuate, o bien podemos utilizar la variante del espejo de Ramachandran que publicó en 1995 (Nature 377, 489-490).

Qué te parece, eh?

 

lunes, 16 de agosto de 2010

¿El vaso está medio lleno o medio vacío?, ¡depende de cómo lo procese el cerebro!

Un amigo mío decía que la gente se puede clasificar en dos grupos. El grupo del que ve las cosas de forma negativa, y el que las ve de forma positiva. Recuerdo un viejo anuncio de televisión donde se preguntaba si uno veía el vaso medio lleno o medio vacío, y nunca faltaba alguien que decía que estaba medio vacío.

Bueno, pues recientemente se publicó en el mes de agosto de este año un estudio en PLOS Biology que aunque no responde a la pregunta del porque se piensa de forma positiva o de forma negativa, por lo menos describe diferencias significativas en la forma en que los cerebros de ambos grupos de individuos parecen procesar la información. El artículo en cuestión, publicado por Iyer, Lindner, Kagan y Andersen de Caltech en Estados Unidos, se titula “Motor preparatory activity in posterior parietal corte xis modulated by subjective absolute value”.



Cómo investigar el optimismo.

En este artículo los autores investigaron como es que las consecuencias monetarias de una acción influyen sobre las representaciones neuronales de la preparación del acto motor. Para esto estudiaron a 17 sujetos utilizando resonancia magnética funcional mientras realizaban una tarea espacial visomotora muy complicada. En la tarea, al principio de cada ensayo se les indicaba cuanto podían ganar o perder si completaban la tarea de forma correcta o incorrecta. Por ejemplo, en un ensayo determinado podrían ganar 5 dólares si lo hacían bien, pero perder 1 dólar si lo hacían mal; o al revés, perder 5 dólares si lo hacían mal o ganar 1 dólar si lo hacían bien. Encontraron que la actividad en estructuras relacionadas a la recompensa, como el estriado y la corteza orbitofrontal, reflejaban el valor esperado en ese contexto. Este resultado no tiene nada de novedoso, ya que se ha encontrado en infinidad de estudios que han caracterizado precisamente a las estructuras involucradas en la obtención de recompensas. Lo interesante viene en la segunda parte del estudio que me recuerda un poco a como uno se siente después de salir de un difícil examen de matemáticas.

Antes de recibir el dinero que habían acumulado se les pidió que llenaran un cuestionario. Allí se les preguntaban sus percepciones sobre su desempeño en la tarea. Los investigadores encontraron que esas percepciones no correlacionaban con el desempeño actual de los individuos, ya que aunque algunos individuos si describieron correctamente su desempeño, algunos otros que pensaban que les había ido bien, en realidad no lo estuvieron, mientras que otros que pensaban que les había ido mal, en realidad si les fue bien. Bueno pues los investigadores encontraron que el patrón de actividad de una corteza, que se llama “corteza parietal posterior” (o PPC por sus siglas en inglés), correlacionaba con que tan bien pensaban los individuos que les habían ido en la tarea. Es decir, su percepción subjetiva sobre su desempeño, así como en la expectativa de lo que iban a ganar o perder a partir de sus éxitos o fallos.



¿Y esos datos que quieren decir?

Según Richard A. Andersen, el que tan intensamente trabaja el cerebro de un individuo en la tarea depende de la aproximación del sujeto. Por ejemplo, si un sujeto es optimista y cree que lo está haciendo bien, entonces pondrá más esfuerzo y se incrementará su actividad en PPC cuando esperan una mayor recompensa por hacerlo bien; sin embargo aquellos individuos que son pesimistas muestran una mayor actividad cuando existe un mayor castigo por fallar. Los pesimistas hacen más esfuerzo en evadir las pérdidas que en lograr las ganancias. Los autores sugieren que el proceso de planeación y acción está influenciado por nuestra idea subjetiva –y muchas veces errónea- de que tan bien lo estamos haciendo, y de que tanto tenemos por ganar o perder.



Es decir, la gente que ve el vaso medio lleno pondrá a trabajar más intensamente a su corteza parietal posterior para lograr terminar exitosamente una meta mas, mientras que aquellos que lo ven medio vacío, pondrán a trabajar a su corteza parietal posterior más intensamente para no echar a perder la meta, y evitar un fracaso mas. En realidad no se qué aproximación sea la más exitosa o eficiente, pero lo que si me queda claro es cuál de las dos aproximaciones utiliza la gente que según yo se vez mas entusiasmada y feliz.

Y tú, ¿vez el vaso medio lleno o medio vacío?

lunes, 9 de agosto de 2010

Ya sabía yo que esa cabezota servía para algo. Pus para tener un cerebrote!

Alguna vez escuché a un maestro decirle a un compañero que era un cabezón que no entendía nada. Aunque ese maestro tenía poco de maestro, en realidad el punto que quiero analizar en este blog es el de la expresión de “Cabezón”. Como neurocientífico uno podría pensar que eso de ser cabezón sería más bien un alago, ya que implicaría que posiblemente esa cabezota pudiera contener un cerebrote. ¿Pero el tener un cerebro más voluminoso implica tener una mayor capacidad mental? Pues no necesariamente, pero recientemente en la revista Cerebral Cortex se publicó el artículo titulado: “Striatal volume predicts level of video game skill acquisition” que sugiere que tal vez tener regiones específicas del cerebro más grande si pudieran redituar en mayores capacidades. Kirk Erickson de la Universidad de Pittsburgh junto con otros colegas del MIT, exploraron si la variabilidad en la adquisición y mejoría inicial en el desempeño en la ejecución de un videojuego, diseñado especialmente para este experimento, se pudiera predecir a partir de los volúmenes de dos estructuras cerebrales implicadas en el aprendizaje y la memoria, como son el estriado y el hipocampo.


 
El experimento

Para averiguar la respuesta midieron los volúmenes del hipocampo y de las partes dorsal y ventral del estriado  utilizando un sistema automatizado de segmentación cerebral a partir de imágenes de alta resolución obtenidas con resonancia magnética. Esta medición la hicieron antes de que los 42 voluntarios que participaron iniciaran el entrenamiento con el videojuego.

Los investigadores encontraron que a partir del volumen del hipocampo no se podía predecir la mejoría en el aprendizaje. En contraste, el volumen tanto de la región dorsal, como de la región ventral del estriado si permitía predecir la mejoría en el desempeño al principio del entrenamiento, aunque finalmente solo el volumen del estriado dorsal permitía predecir la mejoría global en el desempeño.



¿Sirve de algo la cabezota?

Los resultados sugieren que aquellos sujetos que tienen un estriado ventral (nucleo acumbens) más grande pudieran tener una mayor motivación para jugar y superar sus puntuaciones, ya que se sabe que el núcleo acumbens forma parte de los sistemas cerebrales involucrados en el procesamiento de recompensas. Sin embargo el tamaño del núcleo acumbens no correlaciona con el desempeño global, ya que no necesariamente está involucrado con el aprendizaje en sí, como lo estarían las estructuras que componen al estriado dorsal, que son el núcleo caudado y el putamen, las cuales si están involucradas directamente con el aprendizaje procedural y la flexibilidad cognoscitiva.

Bueno, al parecer estos resultados pudieran explicar en parte porque hay algunos sujetos que tienen mayor facilidad para aprender tareas motoras, mientras que otros nomas no podemos terminar el mentado videojuego por más que tratemos. Esto sugiere que  no es que nosotros seamos más torpes, más bien es que ELLOS son en realidad más cabezones!